Violencia sexual y violencia de género: cuando se constituye un trauma en nuestra psiquis (2ª parte)

Por el Lic. Mariano Vega Botter | Neuropsicólogo

17/12/2018 -

La violencia de género no es sólo en la pareja

Cuando pensamos en violencia de género en lo primero que pensamos es la existencia de malos tratos en situaciones de pareja. Pero la violencia de género no es específica del ámbito de la pareja, sino que puede darse en múltiples ámbitos sin necesidad de que quien la lleve a cabo sea un cónyuge. Las instituciones, la familia y la sociedad en general también pueden ser lugares donde aparezcan situaciones de violencia de género como las anteriores.

Es necesario trabajar de cara a prevenir y concienciar a la ciudadanía, educando en diferentes aspectos como la tolerancia a la diversidad, la igualdad de derechos y oportunidades y la educación emocional de cara a evitar nuevas situaciones de violencia de género.


¿Qué es la violencia sexual?

El concepto de violencia sexual hace referencia a una experiencia traumática en relación a la actividad sexual mantenida por dos o más personas donde no existe consentimiento por una de las personas implicadas. Este término engloba tres tipos de violencia.

1. Acoso sexual: en primer lugar, el acoso sexual suele ser llevado a cabo de una forma verbal, a través de mensajes, llamadas o a través de coacciones y chantajes, es decir, el empleo de violencia psicológica. La persona agresora presiona e intimida a la víctima con el objetivo de que la otra persona mantenga relaciones sexuales. Por ejemplo, en el ámbito laboral que una persona coaccione a otra a tener relaciones sexuales ya que si no perderá su empleo o no logrará su ascenso.

2. Abuso sexual: otro tipo de violencia sexual con la que nos encontramos es el abuso sexual. Este término hace referencia a cualquier acción que obliga a una persona, hombre o mujer, a llevar a cabo conductas sexuales que no quiere realizar o mantener. Es decir, la persona agresora, ya sea hombre o mujer, asume la libertad de acceder al cuerpo de otra persona sin el consentimiento de esta, y no hay una autorización de la actividad sexual por una de las partes.

3. Agresión sexual: Por último, la agresión sexual consiste en acceder al cuerpo de la víctima, sin consentimiento, y empleando el uso de la violencia directa como forma de llegar a la actividad sexual. La forma más grave de agresión sexual es a través de la penetración.



Más allá del dolor físico


Como se observa, la condena al agresor puede variar en función del tipo de violencia sexual empleada. Una de las principales diferencias entre los tres tipos es el empleo de la violencia física. Pero, como sabemos, la violencia física no es la única forma de violencia que existe y como su propio nombre indica, en los diferentes tipos nos encontramos bajo un caso de violencia sexual.

Quizás, una parte del debate abierto en estos últimos días debe centrarse aquí y que no sea el empleo de violencia física el determinante de una mayor o menor condena, sino que el acto en sí, el simple hecho de coartar la libertad sexual de alguien se condene.

En la sentencia emitida se afirma que no hay violencia física, ya que la víctima admite que optó por no resistirse. Quizás no haya golpes o heridas visibles, pero la penetración no consentida por cualquier hombre hacia una mujer, la coerción sobre la libertad sexual y por supuesto el daño emocional y las consecuencias psicológicas posteriores son más que suficientes.


¿Por qué en ocasiones no somos capaces de defendernos ante una amenaza?

Uno de los reproches que se le ha realizado a la víctima es que no se opuso en el momento del acto sexual. Esta conducta, desde un punto de vista psicobiológico, tiene una función de supervivencia cuando nos encontramos ante una amenaza de diferente índole.

En nuestro cerebro tenemos un sensor sumamente potente, conocido como amígdala, la cual será la alarma interna que nos avise de que hay una amenaza externa o interna, ya que es una de las áreas encargadas del miedo. Cuando nuestra alarma se activa, nuestro cuerpo se va a preparar para hacer frente a esa amenaza, es decir, nos preparamos para dar una respuesta de lucha o huida. Consigo aparecerá una gran descarga de adrenalina en el organismo participando en esta respuesta. A su vez las áreas encargadas de la toma de decisiones se encuentran inhibidas, anestesiadas, debido a las sustancias químicas de estrés.

Por tanto, la persona se encuentra en un estado de hiperactivación, es decir, todos sus sistemas de alarma se activan, dando lugar a una incapacitación total de tomar decisiones, por lo que será nuestro sistema nervioso el que decida de una manera instintiva fomentando nuestra supervivencia.

Ante amenazas muy graves, pánico, traumas y situaciones de crisis, donde la situación nos sobrepasa y no disponemos de los recursos necesarios, nuestro cerebro automáticamente se desconecta. Este fenómeno es conocido como disociación, protegiéndonos así del dolor emocional y sufrimiento. En este estado se da una ausencia relativa de sensaciones, congelación de las emociones o reducción de los movimientos físicos. Siendo la defensa menos activa, no trataremos de huir, no seremos capaces de decir no. Será nuestro cerebro el que hable por nosotros y la persona actuará de manera automática.


La adrenalina es la hormona que nos activa ante tal situación de peligro.

La adrenalina, también conocida como epinefrina, es una de esas sustancias polivalentes que nuestro cuerpo utiliza para regular diferentes procesos corporales.

Es una hormona, ya que viaja a través de la sangre para llegar a diferentes zonas del organismo y cumplir su tarea en los rincones más recónditos de este, pero también es un neurotransmisor, lo que significa que actúa como intermediaria en la comunicación entre las neuronas que se establece en los espacios sinápticos de nuestro cerebro.

 
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