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La Diócesis del Tucumán: la primera sede episcopal del actual territorio argentino

Por Eduardo Lazzari. Historiador.

- 23:18 Santiago

La historia institucional de la Iglesia en la Argentina comienza contemporáneamente a la fundación de las primeras poblaciones en el actual territorio nacional. La alianza fáctica entre la Corona de España y la Iglesia Católica se consolida por la coincidencia de los tres hechos transcurridos en 1492: la expulsión de los judíos de la Península Ibérica, la derrota final de los musulmanes en manos de los reyes católicos de Castilla y Aragón y la expedición descubridora de América comandada por Cristóbal Colón. A partir de entonces, y no exenta de tensiones entre los reyes y los papas; y los virreyes y los obispos, la relación dio lugar a una impresionante colaboración entre el poder civil y la Iglesia, haciendo coincidir muchas veces los límites de las jurisdicciones civiles con los de las religiosas.

Las ciudades definitivas 

La fundación de la “Madre de Ciudades”: Santiago del Estero en 1553 marca el inicio del poblamiento definitivo del Tucumán, zona enorme que comprendía los territorios ubicados al sur del altiplano hoy boliviano hasta la frontera con las tierras indias (una línea imaginaria que unía el curso del río Salado del Sur, la actual ruta nacional 8 hasta San Luis y desde allí hasta el sur de Mendoza), y desde la Cordillera de los Andes hasta las orillas del río Paraná. Atrás quedaron las poblaciones que desde 1521 fueron abandonadas o destruidas, como Londres, Barco, Esteco, Sancti Spiritu, la primera Buenos Aires y unas quince más.

Se suceden las fundaciones definitivas de Mendoza del Nuevo Valle de la Rioja en 1561, San Juan de la Frontera en 1562, San Miguel del Tucumán y Nueva Tierra de Promisión en 1565, Córdoba de la Nueva Andalucía y Santa Fe de la Vera Cruz en 1573, Santísima Trinidad en el Puerto Santa María de Buenos Aires en 1580, San Felipe y Santiago del Lerma en el valle de Salta en 1581, Vera de las Siete Corrientes en 1588, Todos los Santos de La Nueva Rioja en 1591, San Salvador de Velazco en el valle de Jujuy (1593) y San Luis de Loyola Nueva Medina de Río Seco en la punta de la Sierra de los Venados en 1594. Quedará para el siguiente siglo San Fernando del Valle de Catamarca, en 1683.

La primera diócesis

Santiago del Estero tendrá reservada para la historia argentina el carácter de primera sede episcopal en el territorio: el 14 de mayo de 1570, a sólo 17 años de la fundación, fue erigida la diócesis del Tucumán, a través de la bula “Super Specula Militantis Ecclesiae”, declarando catedral a la iglesia matriz de la ciudad asentada a orillas del río Dulce, todo por decisión del papa Pío V. Una curiosidad es que los tres primeros sacerdotes designados para la nueva diócesis en Santiago del Estero murieron antes de llegar a hacerse cargo: los franciscanos Francisco Beaumonte, Jerónimo Albornoz y Jerónimo de Villa Carrillo. El territorio religioso abarcaba los límites actuales de Tarija, en Bolivia, y las provincias de Salta, Jujuy, Tucumán, La Rioja, Catamarca, Santiago del Estero y Córdoba.

Será el primer obispo efectivo el dominico portugués Francisco de Vitoria. Se sucedieron en el cargo fray Fernando Trejo y Sanabria, franciscano del Paraguay, y fundador de la Universidad de Córdoba (1594-1614); Julián de Cortázar, español, el primero consagrado en Santiago del Estero y promovido luego como arzobispo a Santa Fe de Bogotá (1618-1625); fray Tomás de Torres, dominico madrileño, llegado desde Asunción (1626-1630), fray Melchor Maldonado y Saavedra, agustino español, (1632-1662); Francisco de Borja, llegado desde Nueva Granada en 1668, hasta que en 1679 es trasladado a Trujillo, en el Perú; Nicolás de Ulloa y Hurtado de Mendoza, agustino nacido en Lima, de cuya sede era obispo auxiliar, desde donde lo trasladaron (1679-1686); y Juan Dávila y Cartagena, cusqueño (1687-1690).

El traslado de la sede a Córdoba

El noveno obispo del Tucumán, el dominico toledano Juan Manuel Mercadillo, asumido en 1694, tomó la decisión de trasladar la sede episcopal a Córdoba, donde los jesuitas habían instalado la Casa Provincial, su Colegio Máximo y la Universidad, hecho que coincidió con el fin del siglo XVII, en 1699. A su muerte en 1704 lo hereda Manuel González y Virtus, que sólo encabeza la diócesis tres meses en 1709 y por eso hay listados que no lo incluyen.

A partir de entonces hay una sucesión de obispos que llegan a Córdoba y son trasladados a otras diócesis. Durante casi cien años no muere ningún obispo en el obispado docto, por lo que puede decirse que en la Córdoba del siglo XIX, cada muerte de obispo era en cada siglo. Así es que Alonso de Pozo y Silva, chileno, llega en 1715 y se va a Santiago de Chile en 1725. Juan Manuel de Sarricolea y Olea, peruano, llega en 1724 y también se va a Santiago de Chile en 1730. José Antonio Gutiérrez y Ceballos, español, tomó posesión en 1733 y en 1742 fue promovido al arzobispado de Lima. Pedro Miguel de Argandoña, el primer cordobés que llega al episcopado, es elegido en 1745 y en 1767 fue promovido como arzobispo de Charcas. Manuel de Abad e Illana, premostratense español, llega en 1762 y lo trasladan a Arequipa en 1770. Juan Manuel Moscoso y Peralta, siendo obispo auxiliar de Arequipa fue trasladado a Córdoba en 1773, pero en 1778 es enviado al Cusco, aunque murió siendo arzobispo de Granada. Finalizando esta lista de obispos trasladados, fray José Antonio de San Alberto, carmelita descalzo español, es elegido en 1780, y fue promovido en 1782 al arzobispado de Charcas.

El último obispo del tiempo colonial fue Ángel Mariano Moscoso Pérez y Oblitas, natural del Perú, que tomó posesión de la diócesis de Córdoba por apoderado en 1789. Llegó en 1791 y murió en 1804.

Los tiempos de la Independencia y de la Constitución

Rodrigo de Orellana, nacido en Medellín, titular desde 1809, es el primero luego de que la diócesis fuera dividida en dos el 28 de marzo de 1806, creándose Salta del Tucumán, con sede en la capital de la intendencia de Salta, y dejando en “La Docta” la sede de Córdoba del Tucumán. Orellana se convierte en líder de la contra-revolución cordobesa contra la Junta Gubernativa de Buenos Aires en 1810, y es capturado junto a Santiago de Liniers, el antiguo virrey, el teniente de gobernador Juan Gutiérrez de la Concha, el coronel Alejo de Allende, el oficial real Joaquín Moreno y Victorino Rodríguez. A fines de agosto de 1810, los civiles son fusilados en Cruz Alta, al sur de la actual provincia de Córdoba, en un paraje denominado Cabeza de Tigre y al obispo se lo detiene, en primer lugar en la Santa Casa de Ejercicios de Buenos Aires, luego en el cabildo de Santa Fe y finalmente escapa, siendo un misterio hasta hoy como llegó desde Santa Fe hasta Río de Janeiro, embarcando hacia España. Allí renuncia a la sede cordobesa en 1818, y es nombrado obispo de Ávila.

En ese tiempo comienza una larga vacancia de la diócesis, ya que recién en 1830 se nombra un obispo auxiliar para atender pastoralmente a las almas; José Benito de Lazcano y del Castillo, nacido el 21 de marzo de 1778 en Santiago del Estero, es el primer obispo nacido en el actual territorio argentino, y cuando en 1836 es elevado al obispado cordobés, muere a los veinte días. No será nombrado sucesor hasta la elección de José Gregorio Baigorria en 1857, ya en tiempos de la Confederación Argentina al mando del presidente Justo José de Urquiza, pero la mala suerte que parece seguir a los futuros obispos vuelve a aparecer: Baigorria muere antes de su consagración al año siguiente. Se suceden tres nativos de Córdoba. Finalmente comienzan tiempos de normalidad con la llegada de José Vicente Ramírez de Arellano, que gobierna la iglesia de Córdoba del Tucumán desde fines de 1858 hasta 1873. Lo sucede otro cordobés Eduardo Manuel Àlvarez. Gobierna sólo dos años, entre 1876 y 1878.

Y el 27 de febrero de 1880 llega al obispado de Córdoba el franciscano catamarqueño fray Mamerto de la Ascensión Esquiú, que acepta el cargo porque el papa le impone una orden de obediencia absoluta. Leon XIII no iba a permitir que Esquiú rechazara el cargo como lo había hecho con Pío IX cuando éste lo nombró como arzobispo de Buenos Aires. Pero esta es otra historia, y la de Esquiú merece ser contado en toda su extensión.


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